Maquillaje: formación, contradicciones y experiencias

 

¡Bienvenidos de nuevo al blog!

 

Al final del pasado mes de octubre hice una encuesta en mi Instagram (@estefaniavazquezmakeup) entre dos opciones para esta entrada, y la mayoría habéis votado que os aburra con mis experiencias… pues bien, ¡vosotras lo habéis elegido!

 

En este post os hablo un poco sobre mí, sobre mis experiencias como maquilladora y algunos consejos por si estáis pensando adentraros en el mundo del Maquillaje Profesional.


 

Estudiar Imagen Personal cuando no te interesa la Imagen Personal.

 

Menuda contradicción. Cuando decidí estudiar Imagen Personal en plena pubertad a los 16 años, lo que menos me importaba era la imagen que tuvieran las personas.

Soy de la opinión de que ‘ni un traje de chaqueta te hace buena persona ni vestir ropa vieja te hace mala’. Vamos, que siempre he estado un poco alejada de los prejuicios impuestos socialmente sobre la imagen. 

 

Pero nada más lejos, la realidad es que estoy educada con esos prejuicios y que sigo luchando con mis incongruencias: porque si bien la imagen no es lo más importante en una persona, sé que es un factor vital en la primera impresión que causamos en los demás. Sin caer en el culto desaforado a la imagen, eso es algo innegable.

Como también lo es el hecho de que una imagen «diferente» puede considerarse en ciertos ámbitos como una «mala imagen», sin ser por ello una persona descuidada ni muchísimo menos.

Piensa por ejemplo en los tatuajes, hace unos pocos años las personas con tinta sobre su piel tenían muy difícil acceder a cierto tipo de trabajos. Es lo que tienen los cánones.

 

Creo que es importante no dejarse guiar única y exclusivamente por esa primera impresión, aunque la mayoría de veces no tenemos segundas oportunidades para dar ello. Un buen consejo es mostrar confianza y seguridad en lo que haces y tratar de evaluar a las personas por sus capacidades y aptitudes.

 

Entré a estudiar el grado medio de Estética Personal Decorativa en el año 2005, allí me enseñaron a realizar profesionalmente ‘todas las técnicas de belleza que debíamos llevar las mujeres para poder ser aceptadas en la sociedad’ (depilación, tratamiento facial, corporal, manicuras, pedicuras, maquillaje…).

A esa edad, y para mí, la mayoría eran completamente nuevas.

Cada día que pasaba, cada cosa que aprendía me alejaba más de aquella profesión. Mis gustos, mis principios, la música que escuchaba, los libros que leía… me llenaban la cabeza de otros valores (hoy en dia lo llamo feminismo, pero en aquella época ni siquiera lo encuadraba en un calificativo).

Lo que me enseñaban estaba demasiado alejado, pero me estaba formando para ser Esteticista… (Estefanía, ¡¿qué esperabas?!). Tampoco quisiera que esto se entendiese como una crítica hacia la profesión, es un problema global y de mucho más calado, que tiene su eco por supuesto en esta y otras profesiones.

Al paso de los primeros meses de formación, y tras estar un poco desanimada con lo que había encontrado allí, me dí cuenta de algo muy importante para mí y que iba a determinar mi rumbo profesional.

Lo que en realidad me levantaba todos los días a las 6:00 am de la mañana para irme a estudiar, lo que sí me generaba interés e incluso pasión por seguir aprendiendo era el maquillaje.

 

Por qué maquillaje y no todo lo demás.

 

Encontré en él una herramienta única y versátil:

    • Medidor y potenciador de autoestima.
    • Forma de expresión.
    • Herramienta para colorear.
    • Servicio que monetizar.
    • Desarrollo de mi vocación artística.

Cada vez que aprendía algo más de maquillaje, sobre sus texturas, la forma de aplicación, combinaciones de colores, el comportamiento sobre los distintos tipos de piel, sombras, barras de labios, correctores…. ¡un montón de mariposas revoloteaban dentro de mí! Me hacía feliz, muy feliz.
 
Pero sabía que el maquillaje tiene un gran componente artístico que debía desarrollar más si quería ser realmente buena en ello. Y lo cierto es que, aún sin haber estudiado nada de bellas artes ni nada similar, tenía un cierto don y destreza con los pinceles sobre el rostro.

 

Mis profesoras de maquillaje -a las que estoy tremendamente agradecida- supieron darse cuenta de esta realidad y me orientaron con la recomendación de cursar el módulo de Caracterización y Maquillaje para medios audiovisuales. No le costó mucho convencerme.

Allá por el 2007, dos años después de comenzar mi andadura por el difícil mundo de la belleza y la imagen, entré a cursar ese grado medio, y ahí comenzó el verdadero (y más difícil) recorrido para poder conseguir el sueño que durante esos años se había fraguado dentro de mí: ser Maquilladora Profesional.

 

Trabajar como ‘Maquilladora Profesional‘ , no es tan bonito como parece…

 

Y es que, siento decíroslo, pero formarte 1 año como Esteticista y 2 más en la especialización de Maquillaje no te abre ninguna puerta. Entrar en el mundo del maquillaje profesional (social, cine/tv, artístico), hacer tu propia cartera de clientes y que confíen en ti es lo más complicado dentro de este sector.

Pero con algunas herramientas y trabajo duro se consigue. Una de las mejores fórmulas al inicio es el boca a boca (ahora mucho más fácil con las RRSS) o realizar algunas colaboraciones que impliquen publicidad y por tanto un beneficio para las distintas partes (por ejemplo, con algún compañero fotógrafo, otras maquilladoras… etc.).

 

No, a no ser que te fiche la Warner o te hagas maquilladora de una celebrity, no te vas a forrar.

 

Una vez comienzas a meter cabeza te percatas además de otras realidades. Se trata de un trabajo que está en constante cambio y por lo tanto tú también tienes que ser dinámica.

Formarte continuamente, probar nuevos productos y técnicas, estudiando las tendencias de moda… por lo que es una profesión en la que nunca podemos dejar de aprender. Y a día de hoy, aprender requiere tiempo y dinero. Mucho de ambos recursos.

 

Otra verdad que he aprendido es que también tienes que gustar tú personalmente: la forma en la que te expresas, la forma en la que trabajas, tu resultado, los productos que usas… has de venderte a ti misma y generar tu marca personal.

 

Todos esos detalles te ayudan a crearte tu propia imagen profesional aportando calidad y fiabilidad a tu servicio.

 

Porque no olvidemos que estamos trabajando con personas, que se mueven, respiran, que normalmente no conoces y tienen sus propios gustos y preferencias en cuanto a su imagen.

 

Además nuestro trabajo a menudo se realiza antes de un momento importante para el cliente, y es en esos momentos previos de preparación colmados de nervios y mucha alegría en los que suelen ocurrir las cosas más inesperadas. Debes de estar preparada para cualquier cosa, tener un cierto don resolutivo y siendo capaz de gestionar tus emociones y los de la persona a la que tienes que darle el servicio.

Durante el servicio de maquillaje de novias me han pasado las cosas más inesperadas: desde que el novio olvidara recoger la camisa y se diera cuenta al comenzar a vestirse, a cambiar un maquillaje entero de una novia justo antes de empezar. En una ocasión incluso un invitado atropelló al pobre perro de la familia entrando en la finca donde se celebraba el evento… ¡os podéis imaginar!

 

Intentar conocer al cliente es otro de los puntos clave en nuestro trabajo, y para esta tarea tenemos poco, muy poco tiempo. Una primera mala sensación sobre tu profesionalidad o la calidad de un producto (acordáos de lo que puse antes sobre las primeras impresiones) puede derivar en un rotundo fracaso.

Y, creedme, esa persona va a buscar y a encontrar otra profesional que le facilite el servicio que pide, si es que no empieza a «largar» sobre lo mal que trabaja «menganita».

 

En esta tarea, que normalmente se realiza cuando la clienta te contacta para concretar una cita, es importante entablar una relación de confianza. Escuchar, detectar necesidades y conocer sus gustos. Si te queda alguna duda, no dudes en preguntar con normalidad, mejor eso que realizar una interpretación errónea y perder un cliente.

 

Una profesión intensa en la que rendirse no es una opción.

 

Para trabajar como maquilladora tienes tener una actitud muy positiva y ser muy respetuosa ante las cuestiones que te puedan plantear los clientes y rápida en interpretar sus necesidades de éste sin casi conocer sus gustos hábitos o costumbres para poder aconsejarle de la manera más correcta sobre un servicio, seguir aprendiendo y formándote, ser consciente de que todo lo que hoy te vale, mañana seguramente no y saber sobrellevar tanto los buenos momentos como los malos, ser perserverante, intentarlo, seguir intentádolo, seguir luchando y no rendirse nunca.

 

Porque al final de todo ello depende lo que tanto deseamos nuestra clienta como nosotras mismas: que el servicio sea satisfactorio antes, durante y después, que ella se vea mejorada, esté contenta, que el resultado sea duradero y que vuelva a nosotras con confianza cuando lo necesite.

 

Con todo, ese dinamismo que comentaba y que supone no estar tan sujeto a la rutina como en otras profesiones, las vivencias y el bagaje que adquieres a lo largo de los años tratando con la gente, la satisfacción del trabajo bien realizado cuando recibes buenas críticas y recomendaciones… son, desde luego, un tesoro por el que merece la pena dedicarse a esta profesión.

 

Sin intención de aburriros más, termino aquí deseando de corazón que os haya gustado.

Os espero en el siguiente post.

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